sábado, 27 de abril de 2013

Capítulo 21: Cuentos de hadas sin final feliz.


¡Buenas! ¡Sorpresa! ¿Qué hago yo publicando tan relativamente pronto? Sinceramente, tenía unas ganas tremendísimas de escribir este capítulo, así que aquí me tenéis. He tenido que meterme en la piel de los personajes para hacerlo; y quería escribir una reflexión profunda sobre cómo se sienten Jay y Kath con todo lo que los rodea. Ya me contaréis qué os parece, y, de nuevo, no sabéis lo mucho que os agradezco que me leáis, enserio, significa  el mundo para mí. Muchos besitos:D.
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 Cuando Kathleen llegó a la calle, un nubarrón oscuro empezaba a cernirse sobre ella, anunciando una tormenta. "Malditos poderes", masculló para sí misma. Jay estaba sentado en la parada de autobús, con la mirada perdida hacia el horizonte.
 Inspiró y expiró, y se dirigió hacia él con paso decidido, tratando de fingir que, en esa situación ella era la madura de la pareja. Nada más lejos de la realidad.
 -Hola, rubiales. ¿Qué pasa?- le sonrió con ternura y se inclinó sobre él, apoyando sus manos en su regazo. Jay le giró la cara, con gesto aparentemente enfadado- ¿Jay?
 Jay la miró furioso, sus pupilas dilatadas por el dolor. Apretó la mandíbula.
 -¿Que qué pasa? Oh, no sé, quizás sea un poco idiota, pero creo que una señora acaba de revelarme que es mi abuela, que soy un ser medio mágico, que nací a raíz de una violación y mi madre está perdida; que mi abuela y mi tío abuelo, quien es nuestro director, intentaron herir a tus padres por un sueño rocambolesco. Y ahora quieren hacer lo mismo conmigo- empleó un tono sarcástico, impropio en él-: Llámame gilipollas, pero yo considero que lo que hemos descubierto no es moco de pavo como para hacer ver que soy súper feliz.
 -Sí, pero creo que has tratado demasiado mal a Gaelle. Ella...- tomó una bocanada de aire y fijó sus ojos en los de Jay. Sintió un escalofrío- Ella te quiere, Jay. Sí, ha cometido demasiados errores como para contarlos, pero, ¿no ves que se ha arrepentido? Y, ¿no es ése el punto de la vida? ¿Equivocarse, arrepentirse de ello e intentar cambiar?
 -Esa mujer sólo quiere a su persona, ella misma lo dijo. El amor no existe- ahora hablaba con voz de pito, imitando de forma ironizante a su abuela, dándole énfasis a cada palabra. Se levantó y encaró a Kath.

jueves, 18 de abril de 2013

Capítulo 20: Confesiones.


¡Hola a todos y todas! He tratado de escribir lo más rápidamente posible, porque ya mismo estaré liada con los exámenes y me será imposible publicar algo. Sé que este capítulo es lento y tedioso, pero creo que estas explicaciones las debía ya :) Los siguientes tendrán más acción, prometido. PD: de nuevo, empleo un vídeo en lugar de una foto. Adoro esta canción, y pienso que es una buena descripción de cómo se sienten muchos personajes de esta historia ante sus pérdidas. PD2: si no entendéis algo del capítulo, no os cortéis y preguntad. ¡Muchos besos!
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 Isabelle no existe. Si Isabelle no existía, ¿quién era aquella mujer? Y, sobretodo, ¿qué quería de ellos?
 -¿Va a tener la decencia de explicarnos quién es entonces?- se exasperó Jay, furibundo- ¿O nos va a soltar la bomba para luego abandonar la guerra?
 -Sí, claro- sonrió abiertamente la mujer, mostrando una estela de dientes pulidos y esmaltados-; pero, ¿qué os parece si antes de explicaros quién soy yo os explico quiénes sois vosotros? Nos ahorraríamos mucho trabajo.
 -Como desee.- contestó Kath con desgana.
 Así es que la mujer los condujo hasta la zona retirada de la entrada, donde había apartados para escuchar música y cómodos sillones de terciopelo. Voy a por algo para beber, les había dicho.
 ¿Y si iba y nunca volvía? O, ¿y si traía una metralleta para masacrarlos?
 Kathleen se apegó más a Jay en el tresillo que ambos compartían, y le transmitió su insistente escalofrío. Jay pasó su brazos sobre los hombros de ella y le besó la mejilla.
 -¿Asustada, pequeña?
 -Si estoy contigo, no- se giró hacia él y presionó sus labios contra los suyos. Necesitaba un poco de confianza en las palabras que estaba diciendo.
 El rechinar de unos tacones por el pavimento hizo eco en la sala. Se giraron y vieron a Isabelle caminar hacia ellos, portando una bandeja de plata sobre la que reposaban galletas de chocolate y tazas de porcelana.
 -Espero que os guste el té- comentó, mientras tomaba asiento enfrente de ambos.

miércoles, 3 de abril de 2013

Capítulo 19: Intocable.

¡Hola cielos! ¿Qué, cómo estáis? Siento mucho que antes de que podáis leer este capítulo, tengo que echaros la gran parrafada, no matadme.
Muchísimas gracias a Andrea Everdeen, del fantástico blog Los Juegos del Hambre, por regalarme esta preciosa cabecera, ¡me ha encantado! Si a Dillaardi no le molesta, la suya pasará a estar a la parte de abajo:)
Sabéis que me encanta adornar los capítulos con alguna imagen, pero en este no, porque, entre otras cosas, cualquier imagen sería un SPOILER como una casa; y, además, os obligo a que veáis el vídeo que pongo a continuación:
Ya sabéis que me encanta Taylor Swift, pero sinceramente, a esta canción ni siquiera la había escuchado. Y, entonces, me dijeron por Tuenti que la historia de Jay y Kath le recordaba a ella y no pude hacer otra cosa que mirar la traducción. ¡Mi madre! Parece que está escrita desde el punto de vista de Kathleen, es perfecta para la historia. Por favor, miradla, leed la letra^^.
Nada más, siento este capítulo, pero me ha sido muy difícil escribirlo y le agradezco a mis amigas que lo leyeron antes de que lo publicara, al menos un pedazo, y me dieron una opinión sincera porque no sé cómo ha salido (incluso me obligaron a que lo hiciera así). ¡Un beso y disfrutadlo!
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 Un ruido sordo de pasos hizo eco al final del pasillo. El murmullo de voces comenzó a elevarse, volviéndose más y más cercano por momentos.
 -¿Qué es eso?- musitó Kath, los nervios a flor de piel.
 -No sé- Jay tragó saliva duramente-. Parece que el director y su séquito se acercan. ¿Cambio de planes?
 Kathy asintió. No tenía ninguna intención de que los pillaran con las manos en la masa, literalmente; tendrían que posponer su visita para más tarde.
 Así es que, ya se sabe que situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas; y lo mejor que se les ocurrió a ambos fue huir hacia el desván.
  Cuando ya se encontraban arriba, Jay echó la llave dos veces, y suspiró de alivio. Podía oír las voces abajo.
 -Será mejor que no hagamos mucho ruido- susurró- ¿A quién planeabas visitar, Kathleen?
 -Nada. En otro momento- comentó distraída. Se hallaba en un ángulo oscuro de la habitación, estudiando el espacio en cuestión- ¿No era aquí donde estaba el supuesto baúl de Gaelle?
 -Creo que sí.
 -Pues a ver si tú me explicas dónde está, porque yo no lo veo.
 Tenía razón; el arca se había esfumado, así sin más. ¿Cómo era posible? Quizás...
 -¿Nuestro misterioso colaborador de nuevo?
 -No sé- contestó Kath, y se acercó hacia el espejo, en el que había notado algo un tanto extraño- ¿Sabes qué es esto?- indicó, pasando sus dedos sobre una pequeña pintada en la parte superior del espejo.
 -Está medio borroso, pero parecen las letras Alfa y Omega- se paró en seco. "El principio y el fin", como el inusual tatuaje de la muñeca de Grace.
 Deberíamos asegurarnos de que no hay nada más raro por aquí, se dijeron en silencio.
 -¿Indagamos un poco mientras el director se va?- Jay trataba de sonar casual, pero mientras tanto, un escalofrío recorría su espina dorsal.
 -Claro- susurró Kath.
 Y así es que cada uno se dedicó a un ala de la buhardilla. Jay andaba de aquí a allá, revisando los objetos esparcidos por el suelo; mientras que Kath estaba escudriñando todas las estanterías. Tan sólo era una cura en salud; para cerciorarse de que no había una cámara oculta por algún lugar.
 A diamonds sky, se leía en la portada de uno de los múltiples tomos de fantasía que pendían del librero. Aquella frase recordó a Kath a una que ella había utilizado en una canción. Le gustaba componer, aunque nunca lo hacía delante de nadie. Casi sin darse cuenta, comenzó a tararear.
 -Intocable, como un distante cielo de diamantes.
 Te busco y ni siquiera puedo explicarte por qué;
 me atrapaste.
 Jay cesó lo que estaba haciendo y se giró, incrédulo.
 -Kathleen, ¿qué cantabas?
 -¿Yo?- sus mejillas, típicamente rosadas, se empezaban a tornar rojo oscuro; y decía palabras sueltas, frases incoherentes- Oh... Ya sabes, bah, me gusta tararear canciones... Nada en especial.
 Se volvió sobre sí misma y continuó con su tarea, tratando de evadirse. Pero, de nuevo, sus labios se abrieron sin que ella se lo pidiera.
 -Intocable, quemas como el Sol, 
 y cuando te acercas siento como que me derrito.
 Era una melodía pausada la que fluía a través de los labios de Kath, apenas audible. Jay quería creer que era verdad y no estaba delirando; que ella le estaba cantando a él.
 -En mitad de la noche cuando estoy en este sueño,
 es como si un millón de pequeñas estrellas deletrearan tu nombre.
 Tienes que acercarte, vamos, di que estaremos juntos.
 Jay se levantó y caminó hacia ella, quedándose tras suya. ¿Qué clase de canción estaba recitando?
 Kath se subió a una banqueta, a revisar los libros de arriba, aunque estaba más pendiente de su canción que de otra cosa. No era buena idea, lo sabía, pero su parte irracional la estaba dominando y se sentía en la necesidad de cantarle a Jay eso que había compuesto sobre él.
 -Vamos, acércate, pequeño bocado del cielo.
 Es difícil y no estaré aquí todo el día esperando.
 Sé que dijiste que estarías aquí de cualquier forma,
 pero eres intocable, brillando y quemando más que el Sol...

 ¡Ah!- su último verso se perdió en el aire, a la vez que ella gritaba por la sorpresa. Había encontrado unos ojos felinos mirándola a través de los libros. Tal fue su impresión que resbaló.
 El golpe contra el suelo no fue especialmente doloroso; de hecho, había tocado sobre algo suave. Se apoyó sobre sus codos y levantó la cabeza, apartándose el pelo de los ojos. Se encontró justo enfrente de los oscuros ojos de Jay, que le estaba sonriendo: ¡había caído encima de él! Su pecho lo estaba rozando, y quería ignorar el calor que desprendía y la inundaba por completo. 
 Se apartó y se sentó en el suelo, justo al lado de él. Acababan de romper todas las reglas establecidas; se habían tocado. Y, lo peor eran ese horrible hormigueo y ese deseo incontrolable de acariciarle los mechones rubios otra vez. Trató de mantener sus estúpidos sueños a raya, y se dirigió hacia él:
 -Lo siento mucho por haberme caído sobre ti, esto... Dios, yo no...- le estaba restregando las manos sobre el pecho, en señal de disculpa, limpiando una mancha inexistente. Apartó bruscamente las manos.
 Jay estaba a punto de echarse a reír. Le acarició la mano con ternura y la miró, sus brillantes ojos verdes iluminados por algo totalmente nuevo en ella.
 -Eh, Kathy- se acercó un poco más, hasta que sus caderas chocaron. Quería respirar su aire, mientras le decía-: ¿Qué esperamos, el Apocalipsis zombie, un cataclismo universal...? Porque la parte de lo que ocurriría si nos rozábamos nunca me quedó clara.
 Kath le contestó con sorna:
 -¿Qué muramos? ¿Qué nos descuarticen? ¿Qué nuestros poderes hagan explotar algo?
 -Todavía no ha ocurrido nada de eso- tomó algunos mechones de su pelo y los colocó tras su oreja, un simple gesto que hasta hace momentos era impensable para ellos.
 -Si estás pensando darme un beso- volvió su cabeza hacia él, de forma que quedaban de nuevo a centímetros-, será mejor que lo hagas ahora, antes de que me dé cuenta de lo que estamos haciendo y no te lo devuelva. 
 Las comisuras de los labios de Jay se elevaron hasta formar una amplia sonrisa. Acercó aún más su rostro al de ella, y la besó tímidamente. No sabía bien qué hacer, cómo actuar. Empezó a profundizar el beso, a lo que ella le respondió gratamente. Sus labios eran tiernos como el algodón, frescos y agradables. Pasó su mano a través de la espalda de Jay y la acarició. Y transcurrieron así durante un momento, sin querer separarse el uno del otro; disfrutando de todo lo que los rodeaba en ese beso que les hizo olvidarse de todo. Jay besó la barbilla y bajó hasta el cuello de Kathleen.
 Ella exhaló un pequeño suspiro, de felicidad. Abrió sus ojos, al tiempo que escuchaba las voces de nuevo, muy próximas a ellos.
 -Será mejor que salgamos de aquí- asintió y tomó la mano de Jay. Se dirigieron hacia la estantería del fondo, recordando que se abría y accedía al otro pasillo.
 Bajaron sigilosamente las mugrientas escaleras.
 -Vaya- musitó Kath- esperaba algún comentario tuyo haciendo alusión a lo extremadamente sexy que eres.
 -Después de cómo te has entregado a esta carita que tengo, no necesito insinuar más; ya he confirmado mis sospechas sobre que bebes los vientos por mí.
 -¿Creídos? ¿Dónde?- ironizó.
 -Shh, Ojos Verdes- susurró Jay- si sabes que en realidad yo también te quiero. Aunque sólo sea un poquito.
 -Está bien- se exasperó- ¿A dónde vamos ahora?
 -A escapar de aquí, del gato ése que había allí arriba.
 -¿Tú también lo has visto?- se aclaró la garganta; estaban de nuevo en la calle. Corrieron de puntillas a través del pasillo, y llegaron a la puerta trasera-. Bueno, dejémoslo. ¿Vamos adonde yo pensaba ir antes?
 Movió la cabeza en gesto afirmativo, y le pasó el brazo sobre los hombros, apretándola junto a él. Corrieron por los bosques del Internado; la estación de autobuses más cercana quedaba aún a medio kilómetro.
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 -¿Te he dicho alguna vez que odio el coco?- se quejó Sissie, con cara de repugnancia, mirando su batido.
 Vanessa dio un fuerte sorbo al suyo de frambuesa y la miró, expectante:
 -¿Por qué, si puede saberse?- trataba de no reírse, interesada en la extravagante respuesta que esperaba que le diera su amiga.
 -Oh, ¿no has visto cómo son? Ovalados, con los tres agujeritos y todos esos pelos marrones sobre ellos- se estremeció sólo con describirlo- parecen Oompa-Loompas malévolos.
 -Sissie, cariño, ¿por qué metes a los Oompa-Loompa en todo?- se giraron hacia la voz que les estaba hablando: Keegan, que llegaba desde la barra junto con Callum y otros dos batidos.
 -No los meto siempre- se defendió, sacando morritos y fingiendo ofenderse.
 -Rompiste el gnomo de jardín de casa de mi abuela, porque creías que era un Oompa-Loompa que venía a atacarte.
 -Admite que, a las nueve de la noche, la luz de la luna le daba aspecto de sicario.
 -Eh, ¿no es esa Abby?- cambió la conversación, Callum.
 Los cuatro desviaron su atención a través del cristal de la ventana junto a la que estaban sentados. En efecto, estaba pasando por ahí la pelirroja.
 -Y Louis también- se asombró Keegan- ¿Desde cuándo están saliendo esos dos?- inquirió, reparando en el agarre de sus manos y sus miradas acarameladas. ¿Abby mirando de forma acaramelada?
 -¡Esto es increíble!
 -Sí que lo es- corroboró Vanessa-. Nunca me esperé a Abby y a Louis... Bueno... De esa forma.
 -No, yo me refería que lleva puesta la misma blusa que yo.
 Observaron la camisa de estampados verde manzana que ambas lucían aquel día. Lo último que Sissie podría esperarse, era elegir la misma blusa que Abby.
 -No sé por qué estará con ese petardo.
 Callum se dejó caer sobre la silla, sus alborotados rizos cayéndole sobre la frente. Se los restregó.
 -Tronco- le palmeó Keegan la espalda, sentándose a su lado-. Todos sabíamos que Abby y tú nunca funcionaríais. Ella, bueno, ella es...
 -Satánica.
 Asintió hacia Vanessa.
 -Sí, yo tampoco me explico cómo estabas colado por ella- comentó Sissie, removiendo su batido con una cuchara-. Parecías masoquista. ¿Seguro que no tienes complejo de Anastasia Steele o algo?*
 Vanessa le dio un fuerte puntapié a través de la mesa.
 -Y mirad quién pasa por allí también- el tono de Keegan se agrió- nuestra bibliotecaria.
 Los otros tres se giraron y vieron a Margaret andando a paso ligero, portando una de sus típicas faldas a media pierna.
 -¡Au! ¿Por qué me das un coscorrón?- lloriqueó Callum.
 -No le mires el culo a esa impostora. Esa cara de mosquita muerta no es más que una tapadera. Planea algo gordo, lo que yo os diga.
 -Luego dices que yo soy paranoica- Sissie  se agachó hacia su bolso y tomó su móvil, que estaba sonando- Oh, es el Internado. ¿Sí? ¿Diga? ¡Ah, Jay! Un momento, te oigo mal, hay interferencias.
 Se posó el auricular sobre el hombro y mandó callar a los demás con un gesto silencioso de manos.
 -¿Que dónde estoy? Pues aquí con Callum, Keegan y Vanessa, merendando algo. Se te escucha raro, ¿estás resfriado o algo? ¿Cómo?
 Los demás escuchaban atentamente.
 -Bueno, está bien, veré lo que puedo hacer. No os mováis de ahí.
 -¿Qué le pasa a mi campeón?
 -No sé. Me ha pedido que vaya urgente, dice que Kath ha desaparecido.
 -No lo dices muy preocupada.
 -Es que... Hay algo que no me cuadra. Su voz era profunda y gutural, además tenía un acento mucho más marcado.
 -Será mejor que no vayas- salió el lado sobreprotector de Keegan.
 -No- respondió rotunda, levantándose y poniéndose la chaqueta-. Últimamente están sucediendo cosas muy extrañas. Kathleen y Jay son los siguientes Gill y Cedric; me di cuenta hace mucho. Y son mis amigos, quiero salvarlos antes de que ellos desaparezcan también.
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 Los autobuses colectivos olían terriblemente mal. El leve pero intenso aroma a tabaco se mezclaba con el sudor, las colonias de diversos tipos y el sándwich de tres pisos que se estaba comiendo el hombre calvo del asiento de al lado. Kathleen y Jay iban muy apegados, intentando separarse lo más posible de aquel espécimen que apestaba a carne en barra y soltaba trocitos de comida al masticar. Se levantó el brazo para rascarse la calva, dejando al descubierto una gran maraña de pelos bajo la axila. ¿Cómo, a principios de enero que estaban, podía ir con mangas cortas? ¿Era para mostrar sus grasientos pelos?
 -Creerá que es muy atractivo- masculló Jay.
 Kath ahogó una sonora carcajada en su garganta. Suerte para ella que acababan de llegar a su parada.
 -Vamos, rubio. ¿Estás listo?
 -Si es contigo, sí- le contestó, saliendo junto a ella.
 Entraron en la tienda. Todo estaba como la última vez: los libros organizados en inmensas secciones, el parqué reluciente, los sillones color cárdena al final de la habitación. Y la anciana mujer, con su tirante moño grisáceo y su nariz de bruja, mirándoles a través de sus enormes gafas de pasta.
 -Oh, bienvenidos, bienvenidos- se subió a su silla, para intentar ganar unos centímetros, y se abrochó los botones de la rebeca de punto- Isabelle para servirles. ¿Qué les trae de nuevo por aquí, jóvenes?
 -Estábamos buscando algo- la miró fijamente Kathleen.
 -Así que, ¿ya es oficial?- comentó, mirando sus manos entrelazadas e ignorando todo comentario- Qué calor que hace aquí, uf. No, espere, hace frío, ¿no?
 Por primera vez, eran ellos mismos los que estaban controlando sus poderes, ejerciéndolos contra aquella mujer.
 -Creo que mi compañera no se ha expresado bien. Venimos buscando un alguien más que un algo.
 -Este no es un sitio muy concurrido, seguramente no vengan al lugar indicado- musitó, haciendo girar un lapicero con su largo y fino dedo índice.
 -Déjese de tonterías, señora, sabe que venimos a buscarla a usted.
 Fingió sorprenderse.
 -¿A mí? ¿Qué puede ofrecerle una anciana miope a unos chicos tan guapos?
 Sus ojos grises se volvían más y más oscuros, revelando una malicia que era preocupante.
 -No mucho, la verdad- se sinceró Jay-. Sólo queríamos que nos confirmara si usted es Isabelle o no.
 Isabelle gesticuló una especie de mueca, la cual marcaba todas sus arrugas. No era más que una astuta sonrisa camuflada.
 -Tenéis razón, queridos. Isabelle no existe, es sólo una farsa.




*Anastasia Steele es la protagonista femenina del famoso bestseller "5o Sombras de Grey". Sissie hace alusión a su entrega a los ritos sadomasoquistas de Christian Grey, y a aceptar ser su sumisa; sólo por estar enamorada de él.